agua-beberLa cantidad de humedad en la Tierra no ha cambiado. El agua que los dinosaurios bebieron hace millones de años es la misma que hoy cae como lluvia. Pero ¿habrá suficiente para un mundo más atestado de gente? En Arizona, las ciudades funcionan como estaciones espaciales; importan cada mililitro de agua dulce de ríos distantes o acuíferos fósiles. Pero debido a esa inclinación humana a tomar el agua como un derecho inalienable es que las fuentes públicas quizá aún borbotean en las plazas de las poblaciones de Arizona y los agricultores cultivan agostadas cosechas.

El agua es vida. Es el caldo salobre de nuestros orígenes, el aparato circulatorio del mundo que palpita con fuerza, un umbral molecular precario donde sobrevivimos. Constituye dos terceras partes de nuestro organismo, exactamente igual que el mapa del planeta; nuestros líquidos vitales son salinos, como el océano. De tal padre, tal hijo.

Al mismo tiempo que damos por sentado al Madre Agua, los seres humanos intuimos que ella es quien manda. Fundamos nuestras civilizaciones a lo largo de costas y ríos poderosos. Nuestro temor más profundo es la amenaza de tener muy poca o demasiada humedad. A últimas fechas hemos aumentado la temperatura promedio de la Tierra en 0.74 °C, cifra que suena intrascendente. Pero estos términos no lo son: inundación, sequía, huracán, niveles del mar en aumento, diques a punto de reventar.

El agua es el rostro visible del clima y, por consiguiente, del cambio climático. Al cambiar los ciclos pluviales se inundan unas regiones y se secan otras, mientras la naturaleza prueba una lección de física importante: el aire caliente puede contener más moléculas de agua que el frío.

Los resultados son totalmente tangibles a lo largo de las aporreadas costas desde Luisiana hasta Filipinas, ya que el aire supercaliente sobre el océano produce mega tormentas nunca antes vistas. En los lugares áridos, la misma física amplifica la evaporación y la sequía, lo cual es evidente en las granjas secas y polvosas en la cuenca del sistema fluvial Murray-Darling, en Australia.

En las cumbres del Himalaya, los glaciares, cuya agua de deshielo mantiene poblaciones enormes, retroceden. La tortuga mordedora con la que me topé quizá buscaba un terreno más alto. El verano pasado tuvimos una serie de inundaciones que arruinaron los cultivos de tomate. Durante el decenio pasado tuvimos las tormentas más extremas que se hayan visto, con precipitaciones de muchos centímetros al día; destruyeron cultivos, derribaron postes y robles enormes cuyas raíces no pudieron sostenerlos en un suelo saturado de agua.

El clima esta caminando y la tierra con él, ya no podemos permanecer atónitos a esta verdad, mirando lo que sucede, actuemos desde nuestro lugar empecemos a adaptarnos a cambiar nuestros pensamiento y hábitos de consumo, cuidemos el agua. Por que nuestro planeta cambiará y nada podrá detenerlo.

Fuente: Barbara Kingsolver (natgio) – www.thefxmedia.com

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